M. ESTHER

Desde el mundo de sombras de la sordera, con la realidad alterada por el desconocimiento parcial de las cosas, realizaba actividades llenas de amor.

Nació en alguna ciudad chica del norte ya sea de Santa Fe o de Corrientes.

Su madre quedó muy joven, viuda, indefensa, a causa del suicidio de su marido cuando los niños dormían en sus cunas. A partir de entonces ella asumió, además del suyo, el rol paterno. Los niños vivieron normalmente, sin diferenciarse de otros chicos, siempre junto a mamá.

Ambos jóvenes estudiaron magisterio; buenos alumnos, buenos docentes, con vocación, pero en algún momento de sus vidas, tal vez gradualmente, quedaron completamente sordos. No pudieron tener alumnos a su cargo. Pasaron a ser secretarios de la dirección: María Esther en la Nac. 104, y su hermano en la Nac. N· 44.

El “pibe” se casó con una elegante mujer de ascendencia alemana. No tuvieron hijos, por lo que años más tarde adoptaron a Cristina.

María Esther poco antes había adoptado a Memi (Noemí Alicia), quien fue educada con inmenso amor y delicadeza. Murió a los dieciocho años de una enfermedad en los riñones.

La Caja de Jubilaciones le dio el retiro a María Esther cuando cumplió la edad reglamentaria. Ella sufrió tremendamente, porque se redujeron sus ingresos. Se dedicó a tejer, coser, cultivar rosas, escribir, (lo hacía bellamente) , además de cuidar a su niña, que era la luz de sus ojos y cursaba el secundario.

María Esther tuvo un gran amor. Un novio adorado durante más, más de cincuenta años. ¿Porqué no se casó con él? Porque el muchacho debía cuidar a su madre. Y esta señora…¡vivió muchos años! Una mujer tan buena tuvo que privarse de fundar un gran hogar. Fueron siempre amantes.

Él la cuidó en sus enfermedades y operaciones, y la acompañó en sus crisis.

Ella vivió para su hombre, pero sufriendo. Nunca miró a nadie más.

La visitaba de noche. Apagaban las luces del jardín de enfrente. María Esther se sentaba en la salita, con una labor, o una lectura. La mamá y Memi se retiraban al dormitorio, y el novio se hacía presente, pero cuando él entraba también apagaban la luz de la salita.

Cuando este señor ya se había introducido, entonces sí, se encendía la luz de la sala, o del comedor. Quizás la del dormitorio de María Esther.

Todo en el mayor silencio, y con la más grande reserva. A media mañana su hermano las visitaba en bicicleta. Leía y comentaba todos los diarios, comía tortas, dulces, frutas, tomaba leche…

Esta gente escuchaba todos los  informativos en la radio. Sabían mucho de política. Comentaban la conducta de Frondizzi, de Alzogaray, de la situación económica.

Para ellas ninguna chica compañera de Memi era merecedora de su amistad. Querían a la gente, pero desconfiaban de todos.

Eran muy, muy generosas, y buenas.

Hacía unos años que debió vender su linda y confortable casa por resultar ya una carga onerosa .La vendió para ocupar una pequeña con poco patio en un nuevo barrio periférico habitado por gente joven. Allí tuvo excelentes vecinos que siempre la ayudaron y ahora la acompañan en sus problemas.

María  Esther pudo soportar la muerte de Memi, sobrellevar la de su madre, y sobreponerse a la de su novio. Tiene ahora más de noventa y dos años. Vivió plenamente, con mucha espiritualidad .La visitan los adventistas y los sacerdotes católicos. Le dan la Comunión. Aunque no profesaba ninguna religión, se siente ahora confortada por los sacramentos.

Recuerdo cariñoso de  una buena amiga.

Recopilaciones de Teresa.

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