AMOR Y ROMANTICISMO. LVII (cincuenta y siete)

El viaje fue lindo.
Éramos cuatro.
Los jóvenes iban adelante.
Conversábamos bastante.
No distraíamos al conductor.
Irene era amable, un poco chistosa.
No interrumpía a su suegro cuando él hablaba parcamente conmigo.
-¡Qué bueno, Ernesto, compartir el tiempo con la novia de la niñez.
-Sí, Irenita, es mi premio por haberla querido tanto en aquella lejana época.
-Yo lo inventé ahora, en la ancianidad, para procurarme momentos felices.
-¿Qué te parece mi viejo, galleguita?
-¡Oh! ¡hijastrito! ¡¡Él es lo máximo!!
¡¡¡Tanta dulzura!!!
Esa sonrisa que mostraba su dentadura perfecta.
Todo él era perfecto.
………..
Hicimos una parada sola, para comer y descansar durante tres horas.
Yo cargué mi termo y tomé mates sola.
A ellos les di té o café.
Alberto tomó manzanilla

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